Mientras tanto, fumaba un cigarrillo que ya apuraba sus últimas caladas. Dormitaban sus palabras buscando un refugio en la tranquila esquina de su mente y así apaciguar sus ansias de mantenerse despiertas. Cansado de todo y nada, solo y libre. La razón se encontraba bajo las piedras que dañaban sus agrietados pies. Caminaba lastimosamente entre bosques que parecían llenos de vida y ciudades que parecían cementerios. Y así, pensando en ella, siempre en ella, continuaba su aventura o su destierro. ¿Qué fue de aquellos besos? Tantos recuerdos y preguntas sin respuestas anidaban en su cabeza que decidió cortársela.
Y así prosiguió su camino. Sin cabeza.
Ahora, más ligero de equipaje, viajaría más rápido. Sentía que se le partía el corazón cada vez que algún compañero esporádico de viaje lo miraba con repulsa ante tal aberración de la naturaleza. Un hombre sin cabeza, con la ropa ajada y maloliente y que apenas hablaba…
Él sólo salió a dar un paseo y conseguir algo de paz interior. Y mira cómo estaba…
Pensó que no podía seguir sin hablar. Eran muchos las personas que le molestaban o que le ofrecían algo de ayuda y necesitaba comunicación. Así que decidió arrancarse el corazón y hablar con él en la mano. La gente se fijaba más en su aspecto que en la sinceridad de sus intervenciones. La herida del pecho le sangraba mucho. Pero aún no conseguía dejar la mente en blanco.
Su corazón empezó a pudrirse por el odio de la gente. Se marchitaba y tomaba formas, colores e incluso olores que no eran agradables a los sentidos. Lo envolvió en un pañuelo que llevaba siempre consigo para secarse las lágrimas y así evitar que la gente lo viera con ese aspecto.
Sin cabeza, con el cuerpo destrozado y con el corazón en un puño, no paraba de dar vueltas, sin orientación y con muy pocas ganas de vivir. Sin saber muy bien el porqué, quizá guiado por lo poco que le quedaba de alma, su cuerpo se encaminó de nuevo a su casa como el perro escapado que vuelve al hogar. La linda Maggie May abrió la puerta al verlo pasar por su ventana y le salió al paso. Cayó al suelo emocionada al ver que él le traía su corazón envuelto para regalárselo después de tanto tiempo.
“¡Por fin te has dado cuenta que tenía razón! ¡Mira cómo te has puesto por mí! Hasta me has traído tu corazón para regalármelo… Entremos en casa que te hace falta una buena ducha… Y esta tarde iremos a comprarte una nueva cabeza. Tu corazón lo guardaré yo a partir de ahora. Jo, estaba tan preocupada… Ahora seremos siempre felices. ¿Sabes que no tenías que haber hecho todo esto por mí?”
Lo sé.
lunes, 10 de agosto de 2009
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